TODO ESO OYES

[notas para una lectura septembrina de Pedro Páramo]

22 septiembre 2011

23.

Ahorita estoy muy ocupado con mi «luna de miel».
Así que no te asustes si oyes ecos más recientes, Juan Preciado.
Bardas descarapeladas que enseñaban sus adobes revenidos.
Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace.
Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos.
»-¡Damiana!
¡Damiana Cisneros!
-¡Damiana! -grité-.
¿De modo que murió?
Deja eso pendiente.
¡Dígame, Damiana!
Dijo mirando hacia el dintel de la puerta: «Se ven bonitos esos moños negros, lo que sea de cada quien».
En ese momento abrieron y él entró.
En esto estaba, cuando una mujer se apartó de las demás y vino a decirme:
»Entonces ella corrió a esconderse entre las demás mujeres.
-Entonces ¿cómo es que dio usted conmigo?
Era la mayor.
-Eso es malo.
Eso me venía diciendo Damiana Cisneros mientras cruzábamos el pueblo.
¿Está arreglado el asunto de Toribio Aldrete?
-Está liquidado, patrón.
-¿Está usted viva, Damiana?
-Este pueblo está lleno de ecos.
Este pueblo está lleno de ecos.
Hace muchos años que no sé nada.
-Hubo un tiempo que estuve oyendo durante muchas noches el rumor de una fiesta.
Las calles tan solas como ahora.
Las ventanas de las casas abiertas al cielo, dejando asomar las varas correosas de la yerba.
Los hubo en algún tiempo, porque si no ¿de dónde saldrían esas hojas?
Luego dejé de oírla.
Me acerqué para ver el mitote aquel y vi esto: lo que estamos viendo ahora.
Me contestó el eco: «¡… ana… neros…! ¡… ana… neros…!».
Me detuve a rezar un padrenuestro.
Me llegaban los ruidos hasta la Media Luna.
»Mi hermana Sixtina, por si no lo sabes, murió cuando yo tenía 12 años.
-Murió -dije.
Nada.
Nadie.
Ni más ni menos, ahora que venía, encontré un velorio.
-No.
-No supe de qué.
-Nos queda la cuestión de los Fregosos.
Oigo el aullido de los perros y dejo que aúllen.
Oyes crujidos.
-Pasa, Fulgor.
Pienso que llegará el día en que estos sonidos se apaguen.
Por eso no me extrañó que aquello terminara.
»-¿Qué andas haciendo aquí? -le pregunté.
Quizá usted debió saberlo.
Risas.
¡Ruega a Dios por mí, Damiana!
-Sí.
»Sí -volvió a decir Damiana Cisneros-.
Suspiraba mucho.
-¿También a usted le avisó mi madre que yo vendría? -le pregunté.
Tal parece que estuvieran cerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras.
Tal vez de tristeza.
Tocó nuevamente con el mango del chicote, nada más por insistir, ya que sabía que no abrirían hasta que se le antojara a Pedro Páramo.
Todo eso oyes.
Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír.
Y a propósito, ¿qué es de tu madre?
¿Y de qué?
Y en días de aire se ve al viento arrastrando hojas de árboles, cuando aquí, como tú ves, no hay árboles.
Y en mi casa fuimos dieciséis de familia, así que hazte el cálculo del tiempo que lleva muerta.
Y es que la alegría cansa.
»Y lo peor de todo es cuando oyes platicar a la gente, como si las voces salieran de alguna hendidura y, sin embargo, tan claras que las reconoces.
Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías.
Y mírala ahora, todavía vagando por este mundo.
-¿Y por qué iba a saberlo?
Y voces ya desgastadas por el uso.
-¿Ya murió?
Yo ya no me espanto.
-…

–crg

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