PEDIRTE LO JUSTO, O LO INJUSTO

Notas de una lectura de enero de Pedro Páramo

17 enero 2011

13.

Hay aire y sol, hay nubes.
Allá arriba un cielo azul y detrás de él tal vez haya canciones; tal vez mejores voces…
Hay esperanza, en suma.

Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar.
“Pero no para ti, Miguel Páramo, que has muerto sin perdón y no alcanzarás ninguna gracia”.
Hay aire y sol, hay nubes.

El padre Rentería dio vuelta al cuerpo y entregó la misa al pasado.
Se dio prisa por terminar pronto y salió sin dar la bendición final a aquella gente que llenaba la iglesia.
Hay esperanza, en suma.

—¡Padre, queremos que nos bendiga!
—¡No! —dijo moviendo negativamente la cabeza—. No lo haré.
Hay aire y sol, hay nubes.

Fue un mal hombre y no entrará al Reino de los Cielos.
Dios me tomará a mal que interceda por él.
Hay esperanza, en suma.

Lo decía, mientras trataba de retener sus manos para que no enseñaran su temblor.
Pero fue.
Hay aire y sol, hay nubes.
Hay esperanza, en suma.

Aquel cadáver pesaba mucho en el ánimo de todos.
Estaba sobre una tarima, en medio de la iglesia, rodeado de cirios nuevos, de flores de un padre que estaba detrás de él, solo, esperando que terminara la velación.
El padre Rentería pasó junto a Pedro Páramo procurando no rozarle los hombros.

Levantó el hisopo con ademanes suaves y roció el agua bendita de arriba a abajo, mientras salía de su boca un murmullo, que podía ser de oraciones.
Después se arrodilló y todo mundo se arrodilló con él:
Aquel cadáver pesaba mucho en el ánimo de todos.

—Ten piedad de tu siervo, Señor.
—Que descanse en paz, amén —contestaron las voces.
El padre Rentería pasó junto a Pedro Páramo procurando no rozarle los hombros.

Y cuando empezaba a llenarse nuevamente de cólera, vio que todos abandonaban la iglesia llevándose el cadáver de Miguel Páramo.
Pedro Páramo se acercó, arrodillándose a su lado:
Aquel cadáver pesaba mucho en el ánimo de todos.

—Yo sé que usted lo odiaba, padre.
Y con razón.
El padre Rentería pasó junto a Pedro Páramo procurando no rozarle los hombros.

El asesinato de su hermano, que según rumores fue cometido por mi hijo; el caso de su sobrina Ana, violada por él según el juicio de usted; las ofensas y falta de respeto que le tuvo en ocasiones, son motivos que cualquiera puede admitir.
Pero olvídese ahora, padre.
Aquel cadáver pesaba mucho en el ánimo de todos.
El padre Rentería pasó junto a Pedro Páramo procurando no rozarle los hombros.

Considérelo y perdónelo como quizá Dios lo haya perdonado.
Puso sobre el reclinatorio un puñado de monedas de oro y se levantó:
—Reciba esto como una limosna para su iglesia.

La iglesia estaba ya vacía.
Dos hombres esperaban en la puerta a Pedro Páramo, quien se juntó con ellos, y juntos siguieron el féretro que aguardaba descansando sobre los hombros de los cuatro caporales de la Media luna.
Considérelo y perdónelo como quizá Dios lo haya perdonado.

El padre Rentería recogió las monedas una por una y se acercó al altar.
—Son tuyas —dijo—.
—Reciba esto como una limosna para su iglesia.

El puede comprar la salvación.
Tú sabes si este es el precio.
Considérelo y perdónelo como quizá Dios lo haya perdonado.

En cuanto a mí, Señor, me pongo ante tus plantas para pedirte lo justo o lo injusto, que todos nos es dado pedir…
Por mí, condénalo, Señor.
—Reciba esto como una limosna para su iglesia.

Y cerró el sagrario.
Entró en la sacristía, se echó en un rincón, y allí lloró de pena y de tristeza hasta agotar las lágrimas.
Considérelo y perdónelo como quizá Dios lo haya perdonado.
—Reciba esto como una limosna para su iglesia.

—Está bien, Señor, tú ganas —dijo después.

–crg

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