NUNCA HAN DE SALIR LAS COSAS COMO UNO QUIERE

Notas de una lectura decembrina de Pedro Páramo

30 diciembre 2010

7.

—Abuela, vengo a ayudarle a desgranar maíz.
—Ya terminamos; pero vamos a hacer chocolate. ¿Dónde
te habías metido? Todo el rato
que duró la tormenta te anduvimos buscando.
—Estaba en el otro patio.
—¿Y qué estabas haciendo?
¿Rezando? —No, abuela,

solamente estaba viendo llover.

La abuela lo miró con aquellos ojos medio grises,
medio amarillos, que ella tenía
y que parecían adivinar lo que había
dentro de uno. —Vete, pues, a limpiar
el molino. “A centenares de metros[,]
encima de todas las nubes[,]

más, mucho más allá de todo, estás

escondida, tú, Susana. Escondida en la inmensidad
de Dios, detrás de su Divina Providencia, donde yo no
puedo alcanzarte ni verte y adonde no
llegan mis palabras”. —Abuela,
el molino no sirve, tiene el gusano roto.
—Esa Micaela ha de haber molido molcates
en él. No se le quita esa mala costumbre; pero en fin
ya no tiene remedio. —¿Por qué
no compramos otro? Este ya de tan viejo
ni servía. —Dices bien. Aunque con los gastos
que hicimos para enterrar a tu abuelo
y los diezmos que le hemos pagado a la iglesia
nos hemos quedado sin un centavo. Sin embargo, haremos
un sacrificio y compraremos otro. Sería bueno
que fueras a ver a doña Inés Villalpando y le pidieras
que nos fiara para octubre. Se lo pagaremos
con las cosechas. —Sí, abuela.
—Y de paso, para que hagas el mandado completo,
dile que nos empreste un cernidor y una podadera;
con lo crecidas que están las matas ya mero
se nos meten en las trasijaderas. Si yo tuviera
mi casa grande, con aquellos corrales que tenía,
no me estaría quejando. Pero tu abuelo
le jerró con venirse aquí. Todo sea por Dios:
nunca han de salir las cosas como uno quiere.
Dile a doña Inés que le pagaremos en las cosechas

todo lo que le debemos.

—Sí, abuela.
Había chuparrosas. Era la época. Se oía
el zumbido de sus alas entre las flores del jazmín
[que se caía de flores.]
Se dio una vuelta por la repisa del Sagrado Corazón
y encontró veinticuatro centavos. Dejó
los cuatro centavos y tomó el veinte. Antes
de salir, su madre lo detuvo:
—¿A dónde vas?
—Con doña Inés Villalpando por un molino nuevo.
EL que teníamos se quebró.
—Dile que te de un metro de tafeta negra, como ésta
—y le dio la muestra—. Que te lo cargue
en nuestra cuenta. —Muy bien, mamá.
—A tu regreso cómprame unas cafiaspirinas. En la maceta
del pasillo encontrarás dinero. Encontró
un peso. Dejó el veinte y agarró el peso.

“Ahora me sobrará dinero para lo que se ofrezca”.

—¡Pedro! —le gritaron—. ¡Pedro!
Pero él ya no oyó.

Iba muy lejos.

–crg

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