LOS PASOS, COMO DE GENTE QUE RONDA

Notas de enero de una lectura de Pedro Páramo

10 enero 2011

12.

En la destiladera las gotas
caen
una tras otra. Uno oye[,]
salida de la piedra, el agua
caer
sobre el cántaro. Uno oye.

Oye rumores; pies que raspan

el suelo, que caminan, que van
y vienen. Las gotas
siguen
cayendo
sin cesar. El cántaro
se desborda
haciendo rodar el agua
sobre un suelo mojado. “¡Despiértate!”,
le dicen. Reconoce el sonido
de la voz. Trata de adivinar
quién es; pero el cuerpo
se afloja
y cae
adormecido, aplastado por el peso
del sueño. Unas manos estiran
las cobijas prendiéndose a ellas[,]
y debajo de su calor el cuerpo
se esconde buscando la paz.
“¡Despiértate!”, vuelven a decir.

La voz sacude los hombros. Hace

enderezar el cuerpo. Entreabre
los ojos. Se oyen
las gotas de agua que caen
de la destilaedra sobre el cántaro
raso. Se oyen pasos
que se arrastran… Y el llanto.

Entonces oyó el llanto. Eso

lo despertó: un llanto suave, delgado,
que quizá por delgado pudo traspasar
la maraña del sueño, llegando
hasta el lugar donde anidan
los sobresaltos.
Se levantó despacio y vio la cara
de una mujer recostada contra el marco
de la puerta, oscurecida todavía
por la noche, sollozando.
—¿Por qué lloras, mamá?
—preguntó; pues en cuanto puso los pies
sobre el suelo, reconoció el rostro
de su madre. —Tu padre
ha muerto —le dijo. Y luego,
como si se le hubieran soltado los resortes
de su pena, se dio vuelta sobre sí misma
una y otra vez, una
y otra vez, hasta que unas manos
llegaron hasta sus hombros

y lograron detener el rebullir

de su cuerpo. Por la puerta
se veía el amanecer en el cielo. No
había estrellas. Sólo un cielo
plomizo, gris, aún no aclarado
por la luminosidad del sol. Una luz
parda, como si no fuera a comenzar
el día, sino como si apenas estuviera
llegando el principio
de la noche. Afuera, en el patio,
los pasos, como de gente
que ronda. Ruidos callados.
Y aquí, aquella mujer, de pie
en el umbral; su cuerpo
impidiendo la llegada del día; dejando
asomar, a través de sus brazos[,]
retazos de cielo [,]
y debajo de sus pies regueros
de luz; una luz asperjada
como si el suelo debajo de ella
estuviera anegado en lágrimas.

Y después el sollozo.

Otra vez el llanto suave
pero agudo, y la pena
haciendo retorcer
su cuerpo. —Han matado
a tu padre. —¿Y a ti
quién te mato, madre?

–crg

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