EL DÓNDE ES ESTO Y DÓNDE ES AQUELLO

Notas de una lectura decembrina de Pedro Páramo

27 diciembre 2010

3.

Era la hora en que los niños juegan en las calles
de todos los pueblos, llenando
con sus gritos
la tarde. Cuando aún las paredes negras
reflejan la luz amarilla
del sol. Al menos
eso había visto en Sayula
todavía ayer[,]

a esta misma hora.

Y había visto también el vuelo
de las palomas rompiendo el aire quieto,
sacudiendo sus alas como si se desprendieran
del día. Volaban
y caían sobre los tejados[, mientras]
los gritos de los niños revoloteaban
y parecían teñirse de azul en el cielo
del atardecer.

Ahora estaba aquí, en este pueblo
sin ruidos. Oía caer
mis pisadas sobre las piedras redondas
con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas
huecas, repitiendo su sonido en el eco
de las paredes teñidas por el sol del atardecer.
Fui andando
por la calle real en esa hora. Miré
las casas vacías; las puertas
despostilladas, invadidas de yerba. ¿Cómo
me dijo aquel fulano que se llamaba esta
yerba? “La capitana, señor. Una plaga
que nomás espera que se vaya la gente para invadir
las casas. Así las verá usted”.
Al cruzar la bocacalle vi una señora
envuelta en un rebozo que desapareció como si
no existiera. Después volvieron a moverse
mis pasos y mis ojos siguieron asomándose
al agujero de las puertas. [Hasta que nuevamente]
la mujer del rebozo se cruzó frente a mí.
—¡Buenas noches! —me dijo. La seguí
con la mirada. Le grité:
—¿Dónde vive doña Eduviges?
Y ella señaló con el dedo:
—Allá, La casa está junto al puente.
Me di cuenta que su voz estaba
hecha de hebras humanas, que su boca
tenía dientes y una lengua que se trababa
y se destrababa al hablar, y que sus ojos
eran como todos los ojos de la gente que vive
sobre la tierra.

Había oscurecido.

Volvió a darme las buenas noches. Y aunque
no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules[,]
sentí que el pueblo vivía. Y que si yo escuchaba
solamente el silencio[,]
era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez
[porque] mi cabeza venía llena de ruidos
y de voces. De voces,
sí. Y aquí[,]
donde el aire era escaso[,]
se oían mejor. Se quedaban dentro
de uno, pesadas. Me acordé
de lo que me había dicho mi madre:

“Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz”.

Mi madre… la viva.

Hubiera querido decirle:
“Te equivocaste de domicilio. Me diste
una dirección mal dada. Me mandaste
al “¿dónde es esto y dónde es aquello?”. A un pueblo
solitario. Buscando a alguien que no existe.

Llegué a la casa del puente orientándome por el sonar del río.

Toqué la puerta; pero
en falso. Mi mano se sacudió en el aire como si
el aire la hubiera abierto.
Una mujer
estaba allí. Me dijo:
—Pase usted.

Y entré.

–crg

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