CUAR, CUAR, CUAR

Notas de una lectura decembrina de Pedro Páramo

26 diciembre 2010

2.

Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire
[de] agosto sopla caliente, envenenado
[por] el olor podrido de la saponarias.

El camino subía y bajaba:

“sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; pera el que viene, baja”.

—¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
—Comala, señor.
—¿Está seguro de que ya es Comala?
—Seguro, señor.
—¿Y por qué se ve esto tan triste?
—Son los tiempos, señor.

Yo imaginaba ver aquello a través
de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia,
entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella
suspirando por Comala, por el retorno;
pero jamás volvió.

Ahora yo vengo en su lugar.

Traigo los ojos con que ella miró estas cosas,
[porque] me dio sus ojos para ver:

“Hay allí, pasando el puerto de los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde este lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche”.

Y su voz era secreta, casi apagada,
como si hablara consigo misma…

Mi madre.

—¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber? —oí
[que] me preguntaban. —Voy a ver a mi padre —contesté.
—¡Ah! —dijo él.
Y volvimos al silencio.

Caminábamos cuesta abajo, oyendo
el trote rebotado de los burros. Los ojos
reventados por el sopor del sueño
en la canícula de agosto.

—Bonita fiesta le va a armar—volví a oír
la voz del que iba allí a mi lado—. Se pondrá
contento de ver a alguien después de tantos años
que nadie viene por aquí.
Luego añadió:
—Sea usted quien sea, se alegrará
de verlo. En la reverberación del sol[,]
la llanura parecía una laguna transparente, deshecha
en vapores por donde se traslucía un horizonte gris.
Y más allá, una línea
de montañas. Y todavía más allá
la más remota lejanía.

—¿Y qué trazas tiene tu padre, si se puede saber?
—No lo conozco —le dije—. Sólo
sé que se llama Pedro Páramo.
—¡Ah!, vaya.
—Sí, así me dijeron que se llamaba.

Oí otra vez el “¡ah!” del arriero.

Me había topado con él en Los Encuentros,
donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí
esperando hasta el al fin apareció este hombre.
—¿A dónde va usted? —le pregunté.
—Voy para abajo, señor.
—¿Conoce un lugar llamado Comala?
—Para allá mismo voy.

Y lo seguí.

Fui tras él tratando de emparejarme
a su paso, hasta que pareció darse cuenta
de que lo seguía y disminuyó la prisa
de su carrera. Después
los dos íbamos tan pegados que casi nos tocábamos
los hombros. —Yo también soy hijo de Pedro Páramo
—me dijo. Una bandada de cuervos
pasó cruzando el cielo vacío, haciendo
cuar, cuar, cuar.

Después de trastumbar los cerros, bajamos
cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente
allá arriba y nos íbamos hundiendo
en el puro calor sin aire. Todo
parecía estar como en espera de algo.

—Hace calor aquí —dije.
—Sí, y esto no es nada —me contestó
el otro—. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte
cuando lleguemos a Comala. Aquello está
sobre las brasas de la tierra, en la mera boca
del infierno. Con decirle [que]
muchos de los que allí se mueren, al llegar
al infierno regresan por su cobija.
—¿Conoce usted a Pedro Páramo? —le pregunté.
Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza.
—¿Quién es? —volví
a preguntar. —Un rencor vivo —me contestó
él. Y dio un pajuelazo contra los burros, sin necesidad
[ya que] los burros iban mucho más adelante de nosotros
encarrerados por la bajada.

Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa
de la camisa, calentándome el corazón, como si
ella también sudara. Era un retrato
viejo, carcomido en los bordes; pero fue el único
[que] conocí de ella. Me lo había encontrado
en el armario de la cocina, dentro de una cazuela
llena de yerbas: hojas de toronjil,
flore de castilla[,]
ramas de ruda.
[Desde entonces] lo guardé. Era el único.
Mi madre siempre fue enemiga
de retratarse. Decía que los retratos
eran cosa de brujería. Y así parecía ser;
[porque] el suyo estaba lleno de agujeros
como de aguja, y en dirección del corazón
tenía uno muy grande donde bien podía caber
el dedo del corazón.
Es el mismo que traigo aquí, pensando
[que] podría dar buen resultado
para que mi padre me reconociera.
—Mire usted —me dice el arriero, deteniéndose—:
¿Ve aquella loma que parece vejiga de puerco?
Pues detrasito de ella está La Media Luna.

Ahora voltié para allá.

¿Ve la ceja de aquel cerro? Véala.
Y ahora voltié para este otro rumbo.
¿Ve la otra ceja que casi no se ve de lo lejos que está?
Bueno, pues eso es La Media Luna de punta a cabo.
[Como quien dice,] toda la tierra
que se se puede abarcar con la mirada.

Y es de él todo ese terrrenal.

El caso es que nuestras madres nos parieron en un petate
aunque éramos hijos de Pedro Páramo.
Y lo más chisotso es que él nos llevó a bautizar.
Con usted debe haber pasado lo mismo, ¿no?
—No me acuerdo.

—¡Váyase mucho al carajo!

—¿Qué dice usted?
—Que estamos llegando, señor.
—Sí, ya veo. ¿Qué pasó por aquí?
—Un correcaminos, señor. Así se le nombran
a esos pájaros. —No, yo preguntaba por el pueblo
que se ve tan solo, como si estuviera
abandonado. Parece que no
lo habita nadie.
—No es que lo parezca. Así es.
Aquí no vive nadie.
—¿Y Pedro Páramo?

—Pedro Páramo murió hace muchos años.

–crg

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