CON GUSTO, CON GANAS

Notas de una lectura de enero de Pedro Páramo

6 enero 2011
9.

—Pues sí, yo estuve a punto de ser
tu madre. ¿Nunca te platicó ella nada de esto?
—No. Sólo me contaba cosas buenas. De usted
vine a saber por el arriero que me trajo
hasta aquí, un tal Abundio. —El bueno
de Abundio. ¿Así que todavía me recuerda?
Yo le daba sus propinas por cada pasajero que encaminara
a mi casa. Y a los dos nos iba bien. Ahora[,]
desventuradamente[,]
los tiempos han cambiado, pues desde que esto está empobrecido
ya nadie se comunica con nosotros. ¿De modo que él
te recomendó que vinieras a verme?
—Me encargó que la buscara.
—No puedo menos que agradecérselo.
Fue buen hombre y muy cumplido. Era
quien nos acarreaba el correo, y lo siguió haciendo
todavía después de que quedó sordo. Me acuerdo
del desventurado día que le sucedió su desgracia.
Todos nos conmovimos, porque todos
lo queríamos. Nos llevaba
y traía cartas. Nos contaba
cómo andaban las cosas allá del otro lado del mundo[,]
y seguramente a ellos les contaba cómo andábamos
nosotros. Era un gran platicador.
Después ya no.

Dejó de hablar.

Decía que no tenía sentido ponerse a decir cosas que él no
oía, que no le sonaban a nada, a las que no
les encontraba ningún sabor. Todo sucedió
a raíz de que le tronó muy cerca de la cabeza
uno de esos cohetones que usamos aquí para espantar
las culebras del agua. Desde entonces
enumdeció, aunque no era mudo;
pero, eso sí, no se le acabó lo buena gente.
—Éste del que le hablo oía bien.
—No debe ser él. Además, Abundio
murió. Debe haber muerto seguramente.
¿Te das cuenta? Así que no puede ser él.
—Estoy de acuerdo con usted.
—Bueno, volviendo a tu madre, te iba diciendo…
Sin dejar de oírla, me puse a mirar a la mujer que tenía
frente a mí. Pensé que debía haber pasado por años
difíciles. Su cara se trasparentaba como si no tuviera
sangre, y sus manos estaban marchitas[;]
marchitas
y apretadas de arrugas. No se le veían
los ojos. Llevaba un vestido blanco
muy antiguo, recargado de holanes, y del cuello[,]
enhilada en un cordón, le colgaba una María
Santísima del Refugio con un letrero que decía:

“Refugio de pecadores”.

—…Ese sujeto del que te estoy hablando
trabajaba como “amansador” en la Media Luna; decía
llamarse Inocencio Osorio. Aunque todos lo conocíamos
por el mal nombre del Saltaperico por ser muy liviano
y ágil para los brincos. Mi compadre Pedro
decía que estaba que ni mandado a hacer para amansar
potrillos; pero lo cierto es que él tenía otro oficio:
el de “provocador”. Era
provocador de sueños. Eso es
lo que era verdaderamente. Y a tu madre
la enredó como lo hacía con muchas. Entre otras,
conmigo.
Una vez que me sentí enferma se presentó
y me dijo: “Te vengo a pulsar para que te alivies”.
Y todo aquello consistía en que se soltaba sobándola
a una, primero con las yemas de los dedos, luego
restregando las manos; después los brazos y acababa
metiéndose con las piernas
de una, en frío, así
que aquello al cabo de un rato producía calentura.
Y, mientras maniobraba, te hablaba de tu futuro.
Se ponía en trance, remolineaba los ojos invocando
y maldiciendo; llenándote de escupitajos
como hacen los gitanos. A veces se quedaba
en cueros porque decía que ése
era nuestro deseo. Y a veces le atinaba; picaba
por tantos lados que con algunos tenía que dar.
“La cosa es que el tal Osorio le pronosticó
a tu madre, cuando fue a verlo, que ´esa noche no
debía repegarse a ningún hombre porque estaba
brava la luna´.
“Dolores fue a decirme toda apurada que no podía.
Que simplemente se le hacía imposible
acostarse esa noche con Pedro Páramo. Era
su noche de bodas.
Y ahí me tienes a mí tratando de convencerla
de que no se creyera del Osorio, que por otra parte
era un embaucador, un embustero.
—No puedo —me dijo—. Anda tú
por mí. No
lo notará.
Claro que yo era mucho más joven que ella.
Y un poco menos morena; pero esto ni se nota
en lo oscuro.
—No puede ser, Dolores, tienes que ir
tú. —Hazme ese favor. Te lo pagaré
con otros.
Tu madre en ese tiempo era una muchachita
de ojos humildes. Si algo tenía bonito tu madre, eran
los ojos. Y sabían convencer.
—Ve tú en mi lugar —me decía.

Y fui.

Me valí de la oscuridad y de otra cosa que ella no sabía:
y es que a mí también me gustaba
Pedro Páramo. Me acosté con él[,]
con gusto, con ganas.
Me atrinchilé a su cuerpo[;]
pero el jolgorio del día anterior lo había dejado
rendido, así
que se pasó la noche roncando. Todo

lo que hizo fue entreverar sus piernas entre mis piernas.

Antes de que amaneciera me levanté y fui a ver
a Dolores. Le dije:
—Ahora anda tú. Éste es ya otro día.
—¿Qué te hizo? —me preguntó.
—Todavía no lo sé —le contesté.
Al año siguiente naciste tú, pero no de mí
aunque estuvo en un pelo que así fuera.
“Quizá tu madre no te contó esto por vergüenza”.

“…Llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada…”

“Ella siempre odió a Pedro Páramo. ´¡Doloritas!
¿Ya ordenó que me preparen el desayuno?´. Y tu madre
se levantaba antes del amanecer. Prendía
el nixtenco. Los gatos se despertaban con el olor
de la lumbre. Y ella iba de aquí para allá, seguida
por el rondín de gatos. ´¡Doña Doloritas!´.
¿Cuántas veces oyó tu madre aquel llamado?
´Doña Doloritas, esto está frío. Esto no sirve.´ ¿Cuántas
veces? Y aunque estaba acostumbrada a pasar
lo peor, sus ojos humildes se endurecieron”.

“…No sentir otro sabor sino el del azahar de los naranjos en la tibieza del tiempo”.

Entonces comenzó a suspirar.
—¿Por qué suspira usted, Doloritas?
Yo los había acompañado esa tarde. Estábamos
en mitad del campo mirando pasar las parvadas
de los tordos. Un zopilote solitario se mecía en el cielo.
—¿Por qué suspira usted, Doloritas?
—Quisiera ser zopilote para volar adonde vive
mi hermana. —No faltaba más, doña Doloritas. Ahora
mismo irá usted a ver a su hermana. Regresemos.
Que le preparen sus maletas. No faltaba
más.

Y tu madre se fue:

—Hasta luego, don Pedro.
—¡Adiós!, Doloritas.

Se fue de la Media Luna para siempre.

Yo le pregunté muchos meses después a Pedro Páramo
por ella. —Quería más a su hermana que a mí. Allá
debe estar a gusto. Además ya me tenía
enfadado. No pienso inquirir
por ella, si eso lo que te preocupa.
—¿Pero de qué vivirán?
—Que Dios los asista.

“…El abandono en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”.

—Y así hasta que ella me avisó que vendrías
a verme, no volvimos a saber
más de ella. —La de cosas que han pasado
—le dije—. Vivíamos en Colima, arrimados
con mi tía Gertrudis que nos echaba en cara
nuestra carga. ´¿Por qué no regresas
con tu marido?´, le decía a mi madre. ´—Acaso él ha enviado
por mí? No me voy
si él no me llama. Vine

porque te quería ver.
Porque te quería, por eso
vine.

—Lo comprendo. Pero ya
va siendo hora de que te vayas.
—Si consistiera en mí´.

Pensé que aquella mujer me estaba oyendo; pero noté
que tenía borneada la cabeza como si escuchara
algún rumor lejano. Luego dijo:
—¿Cuándo descansarás?

–crg

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