ACORTAR LAS VEREDAS

Notas de una lectura decembrina de Pedro Páramo

28 diciembre 2010

5.

—Soy Eduviges Dyada. Pase usted.
Parecía que me hubiera estado esperando.
Tenía todo dispuesto, según me dijo, haciendo
que la siguiera por una larga serie de cuartos oscuros[,]
al parecer desolados.
Pero no; [porque] en cuanto me acostumbré
a la oscuridad y al delgado hilo de luz que nos seguía[,]
vi crecer sombras a ambos lados
y sentí que íbamos caminando a través
de un angosto pasillo entre bultos.
—¿Qué es lo que hay aquí? —pregunté.
—Tiliches —me dijo ella—. Tengo la casa
toda entilichada. La escogieron para guardar
los muebles todos los que se fueron
y nadie ha regresado por ellos.
Lo tengo siempre descombrado por si alguien viene.
¿De modo que usted es hijo de ella?
—¿De quién? —respondí.
—De Doloritas.
—Sí, ¿pero cómo lo sabe?
—Ella me avisó que usted vendría. Y hoy
precisamente. Que llegaría hoy.
—¿Quién? ¿Mi madre?
—Sí. Ella.
Yo no supe qué pensar. Ni ella
me dejó en qué pensar:

—Éste es su cuarto —me dijo.

No tenía puertas, solamente

aquella por donde habíamos entrado. Encendió
la vela y lo vi vacío.
—Aquí no hay donde acostarse —le dije.
—No se preocupe por eso. Usted ha de venir
cansado y el sueño es muy buen colchón
para el cansancio. Ya mañana le arreglaré
su cama. Como usted sabe, no es fácil ajuarear
las cosas en un dos por tres. Para eso
hay que estar prevenido, y la madre de usted
no me avisó sino hasta ahora.

—Mi madre —dije—, mi madre ya murió.

—Entonces ésa debe ser la causa de que su voz
se oyera tan débil, como si hubiera tenido que atravesar
una distancia muy larga para llegar
hasta aquí. Ahora
lo entiendo.
¿Y cuánto hace que murió?
—Hace ya casi siete días.
—Pobre de ella. Se ha de haber sentido abandonada.
Nos hicimos la promesa de morir juntas. De irnos
las dos para darnos ánimo una a la otra
en el otro viaje, por si se necesitara, por si acaso
encontráramos alguna dificultad, Éramos
muy amigas. ¿Nunca
le habló de mí?
—No, nunca.
—Me parece raro. Claro que éramos
unas chiquillas. Y ella estaba apenas recién
casada. Pero nos queríamos mucho. Tu madre
era tan bonita, tan, digamos, tan tierna[,]
que daba gusto quererla. Daban

ganas de quererla. ¿De modo

que me lleva ventaja, no? Pero ten la seguridad
de que la alcanzaré. Sólo
yo entiendo lo lejos que está el cielo de nosotros;
pero conozco como acortar las veredas. Todo
consiste en morir, Dios mediante, cuando uno quiera
y no cuando Él lo disponga.
O, si tu quieres[,]
forzarlo a disponer antes de tiempo. Perdóname
que te hable de tú; lo hago porque te considero
[como] mi hijo. Sí, muchas veces me dije:
“El hijo de Dolores debió haber sido mío”.
Después te diré por qué. Lo único que quiero
decirte ahora es que alcanzaré a tu madre
en alguno de los caminos
de la eternidad.

Yo creía que aquella mujer estaba loca. Luego
ya no creí nada. Me sentí en un mundo lejano
y me dejé arrastrar. Mi cuerpo, que parecía aflojarse[,]
se doblaba ante todo, había soltado sus amarras
y cualquiera podía jugar con él como si fuera un trapo.

—Estoy cansado —le dije.
—Ven a tomar antes algún bocado.

Algo de algo.

Cualquier cosa.
—Iré. Iré después.

–crg

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